jueves, 4 de octubre de 2012

El cuento del principe hada


Había una vez, en un reino muy lejano, un pequeño príncipe hada, que no sabía que era un príncipe hada. El príncipe hada había nacido de una familia normal, como otra cualquiera, pero con una particularidad que lo hacía especial. A pesar de haber nacido normal, el príncipe hada no podía ver bien, ni podía andar. El príncipe hada no entendía las cosas como los otros niños, no podía abrir una mano, no hablaba normal. El príncipe hada, nuestro querido príncipe hada, era lo que una gente llama un niño especial, otras un discapacitado y otras de otras maneras que no nombraremos en este cuento.
Sin embargo el príncipe hada era especial. Él lo sabía y la gente que lo conocía lo sabía. El príncipe hada era una criatura hecha de amor, y vivía por y para el amor. Saludaba a la gente dandole besos y abrazos, se reía por todo y siempre estaba dispuesto a escucharte. El príncipe hada solo quería jugar y nada conseguía mantenerlo triste durante mucho tiempo.
Además, el príncipe hada tenía un protector. Su hermano mayor, que después sería su padre, prometió que nunca le faltaría nada mientras él pudiera cuidarlo. Y el principe hada lo supo y lo quiso, y lo puso en un lugar especial en su corazón. A pesar de que el hermano no era gran cosa, cuando el príncipe hada lo miraba era capaz de lo imposible. Por el príncipe, su hermano bajaba montañas, recorría el mundo y se enfrentaba a gigantes. Nada era demasiado para el hermano, siempre y cuando el príncipe hada le diera un abrazo cuando volviera a casa.
Pero todos los cuentos tienen un final. El hermano del príncipe hada, que había dado todo por él, sintió como la frustración surgía. ¿ Por qué él tenía que renunciar a todo ? ¿ Era el amor suficiente para compenasr todo lo que no conocía y quería conocer ? De repente, un veneno se introdujo en el corazón del hermano y el amor, infinito, que fluía del príncipe hada hacía él se vió comprometido. Una conexión solo existe cuando las dos partes participan de ella.
Así pues, la relación entre el hermano y el príncipe hada se enfrío. El príncipe hada seguía siendo un punto de luz, una criatura bendecida para dar amor. A su alrededor, el mundo brillaba cálido y hermoso, pero su hermano se iba alejando de dicha luz.
¿ Quién sabe lo que podría haber pasado ? Aún así, la vida pocas veces nos deja llegar al final de las historias. Y un día, cuando el hermano estaba fuera, una oscuridad terrible vino a hacerse presa del príncipe hada. Postrado en su cama, sabedor de que quizás nunca podría volver a verlo, el destino le preguntó al hermano.
- Dime, hermano. ¿ Estarías dispuesto a enterrarte en las Sombras por él ?
Y el hermano pensó. Pensó y pensó. Recordó la dicha, recordó la luz, recordó el calor. Y se dio cuenta de que había faltado, y que lo que se perdió nunca se podría recuperar. Sintió un dolor terrible en el corazón al saber su pecado. Y a la vez supo que no tenía remedio, porque el príncipe hada nunca volvería a ser el mismo. La traición tiene raíces profundas y la mala conciencia lo postró de rodillas. No podría hacerlo. No podría hundirse por él, porque las Sombras lo engañarían. Ya una vez intentó dar su vida por la del príncipe hada y no funcionó, y ahora, impotente, cayó de rodillas ante el destino y lloró. Lloró y lloró y lloró. Y entre las lagrimas, sintió la mano del príncipe hada que apretaba la suya. En ese momento, con esa mano apretada, supo que lo perdonaba. Supo que creía en él, como siempre había creído, y volvió a sentir esa confianza, ese poder infinito. Esa voz que le decía que esa montaña no era tan alta, ni ese gigante tan terrible, si a cambio podía volver a ver la sonrisa del príncipe hada.

Aún lo veo. Aún cierro los ojos y siento su calor, y huelo su saliva, y escucho su risa. Hoy es un día de mierda y mañana será un día de mierda, porque el fin de semana que viene hay un respiro y siempre llueve antes de que salga el sol. Mi compañero de viaje, aquel que tanto me enseñó, lo está pasando mal. La princesa, con malas hechuras, lo está pasando mal. Y yo ayer me pasé toda la noche soñando con él, charlando, riendo... e intentando cogerlo en brazos de un banco de madera que hay aquí cerca y, por mucha piscina y muchas flexiones, sin poder. Y quiero abrazarlo y quiero que me abrace y quiero decirle que todo está bien, cuando a quién se lo digo es a mi mismo, y que no se preocupe que yo estoy ahí, cuando el fuerte de los dos es él. Estamos condenados a continuar, a seguir adelante y a hacer que merezca la pena. Por él y por nosotros. Pero joder como duele.


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