lunes, 4 de junio de 2012

Una breve reflexión sobre el horror


Hoy una compañera que trabajaba con Amnistia Internacional nos ha dado una charla sobre niños soldado. Así a priori el tema es escabroso cuando menos. Si a ello le sumamos que la chica estaba bastante implicada y que supo contarlo muy bien, sin caer en sentimentalismos extremos ( aunque lo cargó un poco ), es difícil tragarse un cuarto de hora de charla sobre los niños soldados sin que se te haga un nudo en el estomago. Como poco.
Y sin embargo, yo mientras lo veía no dejaba de reflexionar sobre El corazón de las tinieblas, la saga de Malaz de Eriksson, las hitlerjugend. Veía las fotos de niños soldados africanos y al final, en la lista, salía que hay niños soldado en Kosovo o en Chechenia. Guerras que no nos son tan extrañas ni remotas, ni vienen de culturas que desconocemos en rostros con los que no nos sentimos identificados.

Ya alguna vez he comentado que, como decía Nietzsche, el estado normal de la naturaleza es el caos. Que el orden, la civilización... es lo extraño, lo artíficial, lo impuesto. En el momento en que saltan las normas, el ser humano demuestra de todo lo que es capaz. El siglo XX, sin irnos muy lejos, nos deja una serie de testimonios asombrosos sobre violaciones, asesinatos en masa, deportaciones... ahora eso nos parece lejano y remoto, hemos superado el horror, somos europeos. Pero basta con que la cosa vaya mal y alguien agite los demonios del alma del ser humano, con argumentos como la religión o el nacionalismo, y veamos en los balcanes a respetables padres de familia que secuestran a mujeres y las encierran en burdeles para soldados, que degollan a abuelas en sus camas, que atan alambre de espino al cuello de niños y los usan para retirar minas. ¿ El horror ? Queridos amigos, el horror es el ser humano. Debemos combatirlo, debemos controlarlo. Una persona que supera determinado límite es casi imposible de hacerla volver atrás. Pero no lo podremos hacer nunca mientras no llamemos a las cosas por su nombre y asumamos que ese hombre que coge a un niño de una aldea, le pone un fusil en las manos y le enseña a matar, no es más monstruo que nosotros mismos. No hace ni un siglo, nuestros abuelos hacían cosas así, aunque ahora no queramos acordarnos. Y si nos vieramos en el caso, no pongo la mano en el fuego porque nosotros no las hicieramos.

Así que, sin justificarlo de ninguna manera, me niego a rasgarme las vestiduras. Amnistia internacional, Save the Children y demás organizaciones deben hacer saber que esa situación existe. Pero también deberían hacer saber que eso que está pasando en la otra punta del mundo, pasado mañana puede pasar aquí. Y que mejor sería que estuvieramos preparados. Al fin y al cabo, el motivo por el que nuestro país manda tropas al Líbano o a Afganistan no es para que la gente de allí viva mejor, aunque eso sea lo que nos gusta creer. Van ahí para que el terrorista que ahora está pegando tiros en Afganistán pasado mañana no decida venir a pegarlos a Madrid. Y si de verdad queremos un mundo en el que nadie ponga un rifle en las manos a un niño de siete años, lo que deberiamos hacer no es ponernos pegatinas. Es crear estados solidos y fiables donde se respete la ley y no haya guerras que duran treinta años. Ningún incendio arde tanto tiempo como el odio y el horror que el ser humano genera. Por favor. Vamos a hacer las cosas bien.

No hay comentarios:

Publicar un comentario