lunes, 18 de junio de 2012

Parece que llueve


Hace frío y está oscuro. Muy oscuro. Ahí fuera las olas baten contra el muelle, una y otra vez, y la ominosa sombra de acero del puesto del señalero se yergue, imponente, sobre el paso de peatones de la entrada. No hay nadie cerca y las sombras corren sobre el vestíbulo, solitarios recuerdos de tantas personas, de tantos momentos. Tengo un gorro extraño en la cabeza y me siento solo. Solo y frío.

Que sueño tan extraño. Un sonido insistente me ha despertado y no sé lo que es, pero cuando abro los ojos escucho el " nananana " de mi hermano, hablando solo mientras baila en la cama. Se me ha hecho tarde, así que me levanto gruñendo. Me paso la mano por la cara, recordandome que algún día debería afeitarme pero ya me obligarán el lunes, antes de ir al trabajo. Con pasos adormilados me dirijo a su cama, esquivo la barandilla para evitar que se caiga y, como siempre, me saluda con un " hooolaaa " que es un grito de guerra y una canción de alegria. Mi niño. Lo abrazo y me atrapa. Siempre hace demasiada fuerza cuando abraza y me dejo embriagar por su olor, esa asombrosa mezcla de sudor, piel de niño y saliva que quizás otra gente encontraría desagradable, o yo mismo si fuera de otra persona, pero que es tan indisoluble de mi hermano como su forma de moverse, ese abrazo impulsivo que te da o sus saltos de alegria sobre esa traidora cadera que no le deja apoyarse bien.
" Acostar con nene ", pide. Pero no puedo. Ya escucho a su madre diciendome que lo ponga en la silla para darle de desayunar, así que lo cojo en brazos y lo coloco. La silla tiene la forma de su cuerpo marcada en la espuma y no sé si eso es algo malo, pero él se acoda sobre ella como siempre y empieza a saltar. Estate quieto, Jose, que la vas a partir, le digo. Me hace caso, claro. Siempre me hace caso, aunque a los cinco minutos se le olvida y a mi me gusta demasiado verle contento como para llamarle la atención. Que le jodan a la silla, ya nos buscaremos otra.
La madre le da de desayunar mientras yo me ducho. Mi cuarto es un desastre pero así se va a quedar, porque cuando acabo de ducharme ya me está diciendo que quiere jugar a los Sims. Maldita sea. Ya pensaba escaparme y ponerle otra cosa. Negocio. ¿ No preferirías el Mario Kart ? ¿ O un video de baloncesto ? Pero los Sims son mucha competencia. Gruñendo, medio enfadado, le digo que ponemos los Sims pero luego pondremos otra cosa. Vamos hombre. Un poco a regañadientes él también acepta pero, como mi llamada de atención, a los cinco minutos se le olvida.
La mañana pasa casi sin darse cuenta. Los sims hacen su vida, mi hermano juega con una bolsa de plástico y yo estoy bien. Siento una urgencia por dentro. Debería estar estudiando, o quedando con colegas, o algo. Pero tampoco me duele hacer esto y así mi madre puede limpiar o hacer lo que quiera que tenga que hacer. Un poco antes de la hora de comer ya está la cocina funcionando industrialmente y el plato del pequeño saltamontes está listo. A mi me da igual, no tengo prisa. He conseguido darle coba y poner algo de mi musica, y yo muevo la cabeza y él salta en la silla al lado del ordenador. A veces me hace preguntas que él mismo contesta y yo tengo que adivinar, sin suerte alguna claro. " ¿ Como se llama el amigo de Jose ? ". Yo lo intento y no me sale, y entonces él me dice " Daviiid ". Como si yo fuera tonto. Y seguramente lo soy, pero como le hago cosquillas y él me abraza. Me da igual. Quizás el mundo no es perfecto, pero es el que es y no me voy a quejar.

A la hora de comer, le pregunta su madre si quiere comer con ella o conmigo. Normalmente quiere con ella, por eso me sorprende que hoy le apetezca comer conmigo. Tiene tortilla y salchichas. Ya en el colegio le enseñaron a comer solo y él te lo pide. " Comer solo ". Solo tengo que pincharle el tenedor y ya él se lo lleva a la boca. Lo mastica, juega con la comida, me sonrie y abre la boca sabiendo que me disgusta... ¡ oye ! ¡ come bien ! Y él sonríe y salta. Cuando acaba el plato hay comida en el babero, comida en la ropa, comida en mi ropa, comida en el sofa... pero él ha comido y está contento. Luego el yogur. Echo el depakine dentro, para controlarle la epilepsia. Llevamos tanto tiempo echandoselo que es otra parte más, aunque te da pereza y te preguntas porqué no harán ya yogures con depakine. Que tontería. El chico se lo toma, aunque pone una cara un poco fea, y nos quedamos a ver la tele. Me gustaría cogerlo en brazos y que se me quedara dormido, pero está muy grande. Por eso, y porque mi madre tiene la espalda lastimada, hasta que yo no me levanto no puede salir de la cama. Y claro, tampoco es plan de obligar a mi madre a levantarme, que luego se siente ella culpable y tampoco es culpa suya tener la espalda lastimada.
Poco a poco se va adormilando. Yo le tomo el pelo y le doy pellizcos y él se ríe, con esa risa que empieza abajo en las tripas y rueda por los dientes, en esa boca cerrada porque no quiere que se le vea reirse. Gggg. Gggg. Yo le abrazo y le pellizco y él me aprieta tan fuerte que creo que me va a cortar la respiración, pero me da igual.
Sin embargo algo va mal. Tengo una sensación incomoda. Y cuando se queda dormido, traigo un cojín y lo apoyo bien en el sofá. Cojo un libro y me siento al lado, preguntandome que pasa. ¿ Habré soñado algo raro ? De repente lo miro y me da mucho miedo, como si pensara que no iba a estar mañana. Sé que tarde o temprano morirá. Que tiene una enfermedad grave y que todas las veces que hemos estado en el hospital, todas las que nos hemos visto en el filo de la navaja... pero no. Puede pasar, no te digo que no, pero no va a pasar. Para eso estoy yo. Y mientras él esté ahí, yo tampoco me iré. Porque me necesita y porque yo lo necesito.
Jose, enanillo, duerme y sueña. Porque cuando te despiertes, ahí estaré. Te quiero.

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