miércoles, 6 de junio de 2012
Bendita sea esa sonrisa
Ay. Y ahí. Sí, ahí me duele todo. Que paliza chiquillo. Que día. Las piernas, la boca, la espalda... o sobrevivo a este curso ( y me pongo to fuerte ) o me quedo por el camino. Sobre todo lo que peor llevo es la boca, el dentista es un asunto que nunca me ha gustado demasiado. Todo lo que sean huesos y tal... malo. Y estos malditos gallegos locos.
A lo que iba. Venía de vuelta para casa cuando me he cruzado con una de esas parejas curiosas, seguro que habéis visto algunas de vez en cuando, que pasan de puntillas por la vida. Ella, mujer mayor casi vieja, espaldas anchas, cara dura, de haber sufrido mucho. Él, en esa edad difícil de precisar, entre los treinta y los cincuenta, con sindrome de down. Ella es un dragón que lo cuida, mientras él sonríe a todo el mundo y pasa por la vida con esa mezcla de tranquilidad y alegria que todos asociamos, con una cierta nostalgia absurda, con los niños.
Que tontería. Los niños son nosotros en potencia. Los niños son curiosos o conformistas, soñadores o cínicos, indiferentes o apasionados. Casi todos son crueles hasta el extremo que nuestra naturaleza nos da, antes de que la sociedad ponga límite a nuestra crueldad y nos frustre, al adecuarnos a un estandar de normas. Los niños, queridos amigos, solo se parecen a las personas con sindrome de down en nuestro edulcorado y falso ideario.
Esta mañana sucedió una cosa y un compañero quedó bastante molesto con otro. Comentandolo, me dijo " no le digo subnormal, porque los subnormales pobrecitos míos tienen una enfermedad y se merecen un respeto ". No solo merecen un respeto. Yo, que soy una persona que carece bastante de empatia, hasta el punto de sorprender a gente que me conoce superficialmente con opiniones que otros tacharían directamente de nazis, reservo un cariño especial para los retrasados mentales. Con enfermos de down he tenido un trato más bien tangencial. El hermano de un buen amigo mío tiene esa enfermedad y este amigo y yo hemos compartido muchos relatos sobre nuestros hermanos, tan iguales y tan distintos. En cuanto a otros enfermos mentales, bueno, ya me conocéis. Y como he dicho muchas veces, un enfermo mental en la familia es una carga y una bendición a la vez.
Hoy, según venía para casa, contemplé a esa curiosa pareja. Y pensé en lo de esta mañana. Ojalá yo fuera subnormal. Ojalá yo tuviera la conciencia limpia, el corazón generoso y amplio, la voluntad de sonreír siempre y de hacer sonreír. Ojalá yo supiera reír como ellos ríen, abrazar como ellos abrazan, querer como ellos quieren. Porque viendolos, yo no pienso en el niño que mi traidora memoria me dice que fui. No, yo sé el niño que fui. Viendolos, pienso en el niño que ojalá hubiera sido. Y que ojalá hubieramos sido todos. Porque quizás, saboreando esa inocencia, esa... bondad pura, sabriamos de que hablamos cuando pensamos en un mundo mejor. Hoy ese hombre, con su perilla golfa y su ropa elegante que seguro su madre le consiguió con todo el cariño del mundo, me ha bendecido con su sonrisa. Que Dios, si existe, le devuelva todo lo que me ha dado con un gesto tan pequeñito, tan nimio, y tan hermoso. Gracías.
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario