miércoles, 29 de agosto de 2012
Diario de campaña 2
Habiamos dejado a nuestros protagonistas en Memingen, tomandose la vida con calma. Volvamos a saltar y la siguiente postal nos lleva a una escena domestica. Tras multiples peripecias y extraños dialogos estamos en Friedrichshafen y la noche ha caído sobre nosotros. Muchas puertas se han cerrado o han pedido precios de escandalo por una habitación. Finalmente rebotamos en una habitación de hotel con ducha, internet. Mapas sobre las camas, ropa humeda colgada a secar por todas partes, hombres descalzos secandose. Se plantean rutas, se organizan posibilidades, se calculan planes. Prioridades. ¿ Castillos ? De acuerdo y de allí a... se miden distancias. Ordenador y tablet, papel y boli. De aquí a allí. Luego aquí. Voy mirando hostales. Un cierto humor negro, los viajes suelen planearse antes de empezar. Siempre soluciones, sin tiempo para reproches salvo para reirse. Y a una hora en que Alemania es un fantasma, casi llegada la medianoche, recorramos la ciudad rumbo al festival del lago. Llueve. Es agua, solo moja. Llueve más. Cenamos salchichas en la feria pero la lluvia nos vence, dormir para buscar coche, siguiente objetivo lindau. Recorrer el lago, alquilar un vehiculo, contactar con la Stark, visitar Basilea. Viajar como algo serio.
Al día siguiente la lluvia se ha secado, como la ropa, y el tren a Lindau nos despide de Friedrichshaffen, su kebab standard cinco euros con coca cola, su festival del lago, sus precios prohibitivos y su gente amable. El tren que nos lleva a Lindau y su romantica ( por mal conservada ) estación de tren, sus faros monumentales y sus torres sobre el lago, su bregenzstrasse con sus alquileres de coches inaccesibles por la tarjeta, su puente sobre el lago, su paso a nivel alemán que nadie se salta. Su coche, finalmente, tras la polemica sobre la fianza. Un opel astra combi, barato, listo para llevarnos hacía el este y más allá. A Ravensburg, lugar de mis recuerdos, primer viaje al extranjero próximo a mis veinte años. A Meersburg, con sus cuestas, su castillo, aquella Amarella que nunca olvidé. A Salem, ese palacio sorpresa propio de una película napoleonica y luego al oeste, siempre al oeste, buscando Basilea por carreteras oscuras, cruzando la frontera sin saberlo, volviendo a deutschland, buscando hostales y conversando con gente, a veces hospitalaria, a veces no, mientras Jose bromeaba sobre su " estadistica de precios de hostales en Alemania " y yo perfeccionaba mi pronunciación repitiendo una y otra vez lo mismo. ¿ Nuestra imagen de este día ? Pongamos un difuminado en negro, a medida que nuestros protagonistas se acuestan en el coche para dormir y el sol nos saluda delante de un gasthof, donde un río separa Alemania de Suiza y Basilea se perfila a lo lejos, previa parada en una iglesia que nos gustó. ¿ Por qué no ? Viajamos para ver, la prisa está de permiso.
Basilea. Con su Vignette de cuarenta euros por usar las carreteras, su ciudad hermosa y sobria, seria, europea. Su río, su ayuntamiento, su tranvia, sus iglesias, sus inmensos francos suizos, sus precios imposibles. Y a la vuelta busqueda de castillos a lo lejos, intentos de encontrar algo interesante, freiburg. Su catedral con sombrero, su estilo universitario, su " Die warheit wird euch frei machen " en letras doradas. Schwartzwald camino de Friedrichshaffen, camino de la Stark, camino de una ducha. Vistas imposibles. ¿ Nuestra imagen ? El lago cubierto de niebla, tres cervezas de medio litro, un banco de madera, capuchas para la llovizna. Preguntas, historias, risas y cariño. Una celebración de la amistad entre desconocidos, patatas y más risas. Una casa en un desierto lleno de gente, un recuperar fuerzas tras un fin de semana imposible, antes del asalto a los castillos y los alpes. Un tomar aire entre dos carreras y un sofá que es un castillo en si mismo.
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