El mortal sigue en pie, sonriendo, mirando a la diosa que se estremece como atravesada por violenta puñalada. El templo, todo el entorno, tiembla y se desdibuja. Las columnas como lanzas se sacuden y se hacen etereas, las estalactitas pierden profundidad, los bancos dejan de serlo. Dos imagenes, una impresionada a la otra, se suceden. Por un lado, la oscura gloria del templo lleno de ofrendas. Por otro, una sucia nave industrial, decorada con posters, cubierta de ceniza. Rotos bancos de madera que se alinean junto a mesas de trabajo y el altar principal, una meseta cubierta de sabanas, es el escenario de una congregación de rotos niños oscuros, criaturas hechas de sombra, amor y tragedia. Sangre para el teatro de los sueños.
Pero el temblor se detiene y la diosa se alza una vez más, imponente. Rie, encantada del desafio que supone el mortal. Este ha terminado con la manzana y la tira a un lado, antes de mirar hacía la entrada, donde un perro viene trotando hacía él. Sonríe.
" Ya tardaba. Diosa, yo soy Extranjero. Y él es Perro. Somos uno y somos varios, como tu y tu manada de niños rotos. Y ahora comprendo. "
El perro mira hacía la diosa e inclina la cabeza hacía un lado, con curiosidad. Como todo el mundo sabe, hay tres tipos de perro. Los que ladran, los que muerden y los que ladran y muerden. Este parece del tipo silencioso. La Diosa, de repente también muy seria y silenciosa, asiente para sí.
" Estarás contento, mortal. Ya tienes tus respuestas a tu maldita curiosidad. "
" Yo no busco respuestas, diosa. Soy un coleccionista de preguntas. "
Tras decir esto, el hombre saca una manzana de su saco de libros y se la ofrece a la diosa. No dejandola a los pies entre las ofrendas, sino tendiendola como lo haría con cualquier compañero. La diosa, divertida, niega con la cabeza.
" No. Las manzanas son muy sanas. "
Tras este intercambio se produce una pausa, una pausa hecha de pensamientos que se expresan sin palabras. El hombre vuelve a sonreír guardando la manzana.
" ¿ Por qué me llamas diosa, irreverente mortal ? Tu has dado en llamarte hombre libre. "
" Y tu en llamarte diosa. Los nombres son lo que nosotros hacemos de ellos y Diosa es un titulo tan cargado de poder como Perro. "
La diosa frunce el entrecejo. Parece a punto de estallar y durante un instante crece, como si todo el templo, con sus celebrantes ensangrentados en sus jaulas, sus tesoros a los pies y la oscuridad omnipresente no fueran más que juguetes a sus pies.
" ¡ No puedes comprender ! Me miras con esa maldita arrogancia... ¡ morirás ! "
" Lo haré. Como tu y como todos. Y hasta que lo haga, viviré cada día lo mejor que pueda. Comprendo. "
Esa es la palabra magica. De repente todo tiembla y se colapsa. Y donde había un gran templo decorado y poderoso, ahora se encuentra la ruina del sueño de un hombre que quiso hacerse rico. Y entre las sombras del sueño muerto, arrastrandose como gusanos sobre un cadaver, los niños oscuros alzan la vista hacia Extranjero y Perro, que siguen igual, sin haber cambiado para nada. Ojos decorados con khol, pieles blancas como alabastro surcadas de rojas heridas y piezas de metal, bisuteria del dolor, observan, sin entender.
Pero entre ellos la diosa entiende. La diosa se alza hermosa, imponente, a la vez que fragil y quebrada. Sus ojos son de onice, pequeños, y se entrecierran peligrosamente mirando al hombre, mientras se abraza los costados con unos brazos cubiertos de encaje negro. Son ojos que contienen un dolor, pero un dolor antiguo, orgulloso y terrible, que cortaba como navajas. Un dolor con el que era mejor no meterse.
" No te atrevas a juzgarnos "
" Nadie que aspire a aprender pierde el tiempo juzgando, Diosa. Este es un mundo oscuro y somos libres de elegir que piel usar. Pero como te dije, tenía curiosidad así que vine y aprendí. "
" Eres libre de marcharte. Aquí no eres bien recibido. "
El hombre sacude la cabeza, medio triste. Acaricia la cabeza del perro y se miran a los ojos, compartiendo un momento de verdadera camaraderia. Luego, encogiendose de hombros, se da la vuelta. Aun tiene tiempo de murmurar entre dientes un " en ningun sitio lo soy, Diosa ", antes de alargar sus pasos camino de la puerta.
A su espalda, un templo se alza imponente, oscuro y terrible. Y en su altar, una diosa de muerte contempla la marcha del hombre, pensando.
En el ultimo momento, cuando un rayo de luz atraviesa todo el conjunto al abrirse la puerta, la voz de la diosa se alza, imponente y dominante, oscura y dulce, cargada de promesas imposibles.
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