Aún nos quedan horas de gloria. Horas de contarnos entre los elegidos y sentirnos satisfechos de nosotros mismos, heroicos, poderosos. Aún hay lugar para el sueño.
En cierto sentido es lo terrible cuando la edad deja de ser un numero y se convierte en algo físico. La certeza de que tus triunfos se convertirán en cenizas en tu boca, y que todo camino conduce a un callejón sin salida. ¿ Qué te queda entonces ? El cinismo, el humor, el orgullo, el amor propio. La sensación del deber cumplido, de haber dado todo lo que tenías aunque no haya sido suficiente.
El otro día me preguntaron que era más valioso, las intenciones o los hechos. Obviamente los hechos hablan por si mismos, pero las intenciones son algo muy a tener en cuenta. Yo he tenido momentos en mi vida en que he necesitado a alguien, y el mero hecho de que esa persona haya intentado estar ya me vale. Como dice el Deivid, hace más quien quiere que quién puede.
¿ Y a que viene todo esto ? A que este fin de semana no duermo. Ni descanso. Ni vivo. Porque tengo la hoja de la espada de damocles sobre mi cabeza y la miro y no se aparta. Y sé que caerá, y con ella mi cabeza rodará por el tajo hasta detenerse frente a alguien. Alguien que lo espera, paciente, sabedor de que en su momento hizo los deberes y que ahora puede reirse a conciencia de mi. Maldita sea. Tanto remar para morir en la orilla.
Pero no me cogerán vivo. Al menos durante unas horas más, puedo disfrutar de la sensación de estar en la cumbre. Ya vendrá la ola a golpearme en la cara y tirarme. Pero hasta entonces, que le jodan al universo.
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