martes, 21 de junio de 2011

Desangrandome por las esquinas

Buenas noches, Manhattan, y bienvenidos a este mi post numero 100 de Prosiland. Como pasa el tiempo... pasen y vean lo que queda de nuestro protagonista, el inefable marinero y escritorzuelo atormentado, Prosi.
La musica me desgarra. En tres horas de post-opositor he recibido más abrazos virtuales y físicos que en un mes de castigarme los riñones y el cerebro, haciendo de mi la maquina de empollar y amar que soy ahora mismo. Gracías, yo también os quiero. Claro que ha demostrado ser un esfuerzo inutil. ¡ Tanto remar, para morir en la orilla ! Y que manera de morir, con un zas-notita en toda la boca. A ver si aprendes.
Pero no pasa nada. Show must go on y cada vez nos aproximamos más a esa noche de San Juan, juanillos, hogueras, sal y cenizas. Y como cada cierto tiempo, me vuelvo quebradizo y me rompo. Tengo una escoba para recoger los pedazos y echarlos al crisol, del que saldrá otro Ale. Con colores que iré pintando sobre la marcha y defectos de fabrica que solo harán darle personalidad, siempre con el inefable toque artístico del autor.
¿ Como es ese autor ? No lo sé, pero me gustaría conocerlo. Parece un tipo interesante. ¿ Yo ? Yo no soy el autor, por dios. Yo construyo cincuenta castillos de papel y luego les pego fuego, solo para ver como arden. Después me como las cenizas, ¿ quizás echandoles un poco de limón ? Y vuelvo a empezar. La vida es un ciclo, es locura, es pasión, es misterio. La vida es... la vida es una puta, y entonces te mueres.
¿ Pero tenemos que seguir hablando de mi ? Maldita sea, destripadme. Me masturbo y salen lagrimas. ¿ Por qué ? La vida sabe a dolor y a sal. ¿ Cuantos años tengo ? ¿ 21, 30, 110 ? Soy tan viejo como la soledad y tan joven como el pecado. ¿ Pecado ? Uy, esa es una palabra grande. Más bien diría travesura. Yo no creo en las grandes verdades, sino en las pequeñas mentiras que hacen de nuestra vida una aventura. Y esta noche gira tanto... esta noche es un torbellino de colores negros, de azules negros, de grises negros, y yo me pierdo y me mareo y me quiero morir.
¡ El mar ! La mar. Vieja amiga, una plegaria en mis labios. Me asomo en la punta de San felipe y te sonrío, compartiendo ese secreto que solo sabemos tu y yo, como tantas veces en el puente del barco, siguiendo el concierto de las olas rompiendo contra el bulbo, te he susurrado. Huir, huir a través de ti, huir a ti, huir contigo y de ti. Porque la tierra es una locura, pero pronto pasará y entonces... quizás entonces, todo esto solo haya sido un sueño.
Buenas noches, Manhattan. Les escribe desde Babilonia, su queridisimo tío Dudo.

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