Sofia es una ciudad increible. Es oscura y profunda, llena de historia, de belleza y de... tragedia. De caos. El tranvia que me lleva de un lado a otro me recuerda aquel que paraba en Otakarova, aunque aqui lo hace en Sertiba. Los enormes edificios gubernamentales me hacen sentir pequenho, mientras olvido el mapa caminando de un lado para otro y aprendiendo a memorizar con el ojo. No hay flores al final del camino, aunque la primavera lo empapa todo y las iglesias relucen con infinitas velas. Severos rostros de patriarcas y santos me contemplan mientras camino solo, oculto en mi pequenho secreto.
Cual es mi pequenho secreto? Yo tengo el mar en los ojos. Ellos no lo saben, porque no pueden, pero en mi interior se esconde un quillo, una sonrisa complice, otro mundo. Y aunque este es precioso, la certeza de mi lejano hogar me llena de felicidad, como ese idioma que ya solo hablo conmigo mismo y con este blog. Que la piedra, el bosque y la noche no os haga olvidar algo.
Ahi afuera, la mar llama. Y desde tantisimos kms, yo escucho
Sr Ale
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