domingo, 28 de agosto de 2011

Dolor que cura

Hoy me he levantado bien. He dormido un poco, he charlado con gente guay, he desayunado. Es maravilloso poder levantarte por la mañana y charlar con alguien con quien te entiendes, te hace empezar el día bien. Y el plan de hoy tiene buena pinta, es hacer nada pero bien.
Pues ha sido fantastico. Hoy hemos ido con Carol a tomar algo y a la playa. Por fin me he sentido yo mismo, he hablado de cosas que me interesan, me he reido, he aprendido. He hecho las preguntas que quería hacer y, por curioso que parezca, me he sentido liberado de una cierta angustia que tuve estos días. Es bueno sentirse entre amigos.
El caso es que, viniendo en el coche, he escrito esto. Que no sé si os gustará, pero es lo mismo dicho en modo un poco más lirico. Para uds.

He visto la verdad como una negra roca de basalto.La he cogido con manos desnudas y la sangre que ha brotado, roja y salvaje, me ha quemado por dentro. El dolor me ha roto, fuego blanco, y arrodillado he mirado el sol hasta desvanecerme, cegado.
Y ahora despierto, lamiendo la sangre de mis manos, con cicatrices nuevas por dentro y por fuera, con fuego en los ojos y una canción en el corazón. Y con hambre. Con mucha hambre.
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El sentimiento desnudo es eso, sentimiento, y como tal debe ser domado, equilibrado, dirigido para construir con ese impulso algo que nos permita reencontrarnos a nosotros mismos, digerir nuestra identidad y alcanzar un cierto equilibrio emocional. Ser felices, hacernos duros e impedir que el mundo nos haga daño con tanta facilidad. Poner compuertas al río de nuestras pasiones y conseguir que vaya por donde queremos. Es un trabajo herculeo, pico y zapa, pero algunos llevamos mucho tiempo evitando que la vida nos haga más daño del necesario y dejamos que las lagrimas caigan por dentro, a ese pozo oscuro donde enterramos lo que no queremos que nadie vea. Lagrimas que luego darán forma a un río de lava, combustible ardiente de una ira infinita y de un hambre... ¿ de qué ? ¿ necesita la rabia un objetivo ?
Encerrado en mi cuerpo, me siento ajeno a sus ansias y deseos. Monje de mi religión personal, bufón y rey, caballo y sota, extraño la canción de las olas que hoy reencontré. Y en sus brazos yacer, adormecido hasta el infinito, desvaneciendome para ser aire, para ser recuerdo. Para no ser nada, mientras hago preguntas incomodas e intento sonreir. Y lo consigo, porque el amor es la victoria de los sentidos, incapaz de encontrar justificación porque maldita la falta que le hace.

Un saludo, personajes. Voy a dedicar esto a una tía a la que no conozco, pero que en parte me ha inspirado. Dadle fuerte

Sr Ale

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