Resuenan recuerdos, retumban abrazos, se pierde el silencio. ¿ Qué queda del tiempo ? ¿ Qué fue del momento ?
Todo se sumerge en su espacio, se pierde en su volumen. Vectores de tiempo que rugen en todas direcciones, como arena estruendosa que rueda sobre si misma. Fricción. Espacios en blanco. Y sobre todo ello, una ola de negra espuma lo sumerge todo.
Hay un mar de tilos. Negros cipreses bailan a la luz de una luna traviesa, absurda, olvidada. Los caminos de piedra gris surgen en todas direcciones, para dirigirse hacía ninguna parte y terminar en la nada. Y la escarcha se forma, fría, impenetrable, sobre los labios que otrora fueron dulces, la lengua hambrienta, el alma furiosa. Todo rugido queda olvidado y enterrado, dentro del cofre de los recuerdos, el archivo de las esencias, la negación de la posibilidad. Y a medida que las horas caen, gotas de agua en la clepsidra del tiempo, el ayer y el mañana se encuentran en un callejón sin salida, desenfundan sables, cuentan pasos. Y con suave elegancia y en discreto silencio, se apuñalan hasta la muerte.
Y mientras, al fondo lejos, muy lejos, zapatos de tacón clavan agujas de escarcha en el corazón del cautivo. Y en la prisión del deseo estoy.
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