A los buenos días gente. Estoy intentando quedarme dormido pero las inquietudes literarias de mentira no me dejan. Andaba dandole vueltas a una de las ultimas vueltas de tuerca en mi constante busqueda de un equilibrio personal que parezca felicidad.
Os cuento. Acabo de volver de Madrid y Toledo, ya pasaré las fotos. Un buen viaje, me ha gustado bastante. El caso es que he experimentado con una cosa que quiero comentar con mi psicologa. Contacto fisico casual con gente muy cercana a mi. Acariciar la cabeza. A Estefi se lo hice unas cuantas veces, y a Luis el otro día. Estaba acostado y estaba pensando que eso lo hago para banalizar el contacto físico. Yo soy una persona que le da demasiada importancia, como algo propio de una gran intimidad, cuando realmente no debería ser así y eso me da problemas posteriormente cuando se trata de pasar a un contacto mayor.
A ver, existe la creencia de que todo lo que se usa con asiduidad se banaliza y pierde su sentido y su valor. Sin ir más lejos, amigas mías me han criticado la promiscuidad en el piropo que empleo, al considerar que eso lo relativiza. Como si piropeara a cualquiera, lo cual es una tonteria. Pero sí es cierto que determinadas cosas requieren un momento y un contexto para poder ser empleadas.
¿ Cual es el tema ? Que hay determinadas cosas que no pierden su valor por asiduo que sea su uso sino que, por el contrario, cuando se ven muy extrañas provocan carencias, ansias y frustraciones. Un abrazo es un abrazo, es alimento social, es compartir. Y si uno abraza a todo el mundo no significa que sea un teletubby, sino que da y recibe mucho. Eso es lo que tengo que comprender con respecto al contacto físico. Porque sino, viviré frustrado por mis propias fantasias y terminaré haciendome un daño absurdo e innecesario.
Al fin y al cabo, dos de las cosas más importantes que tengo que aprender este año son, por un lado a jugar, y por otro lado a no ser el Ale que quiero ser, sino el Ale que soy.
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