lunes, 24 de octubre de 2011

Alles fertig

A los buenos días gente. Este se lo voy a dedicar a Vicen. ¿ Por qué ? Porque puedo.

Hoy es un día como otro cualquiera. Los pajaritos cantan, las nubes se levantan... bueno, se levantan ahora, porque esta mañana ha caido la del pulpo. Cumpliendo infaliblemente con la ley de Murphy, cuando iba para el hospital con Sabino. Todo bien, tranquilidad en las masas. Hemos ido a hacer el reconocimiento medico.
Ahora sí que lo puedo decir. Ha terminado toda la movida de suboficial. Los examenes y toda la pesca. Ahora falta esperar resultados. ¿ Como está la cosa de posibilidades ? Pues bueh... yo quiero ser optimista. Vamos a serlo, que coño. Que para eso nos hemos pegado la pechá de curro que nos hemos pegado, ¿ no ? Para que luzca.

El caso es que yo ya había hecho el reconocimiento el mes pasado, así que me lo convalidaron. Mañana seguramente me vaya a Almeria a navegar, así que quería pasar por el cementerio a despedirme. Ya hace demasiado que no voy a navegar fuera y lo de los examenes me ha costado muchisimo, así que quería ir a darles las gracías a gente que es muy especial para mi. Precisamente hoy me he hartado de leer sobre monoteismo y como se centra tanto en la muerte, pero ¿ qué queréis que os diga ? Cada uno puede creer o pensar lo que quiera. Yo no me meto en esas cosas.
El caso es que, como iba diciendo, me fui para el cementerio. Me lié y me costó encontrarlo, pero cuando por fin lo hice me llevé la gran alegria de encontrarmelo vacio. Me siento raro yendo de uniforme fuera del trabajo, pero cuando vi aquello no me sentí raro. Caminé y fue como si mi abuelo fuera a mi lado. Yo volvía a ser el niño pequeño que alargaba o acortaba las zancadas para unirlas a los trancos de ese gran hombre, hombre grande, al cual una lesión en la pierna le hacía tener un paso un tanto extraño, un poquito asincrono. Sin darme cuenta, hoy caminaba como él, con las manos a la espalda, y veía el sitio a través de sus ojos. Y como siempre que he ido, me ha dado la impresión de que le gusta. La piedra de alrededor de la lapida me recuerda a la piedra del campo en Vigo, el cesped me lleva a mi pasado. Hasta las flores de la tumba son flores sencillas, algo sosas, rojas, de esas que a mi abuela le gustaba tener en un florero en casa. Falta un arbol con unos torpes hachazos míos y algo de perejil bajo mi ventana, porque donde estuviera mi abuelo siempre hubo un sitio para mi, para volver a ser un chaval de catorce años que escribe cartas a sus amigos de Cádiz a la sombra.

Pero no estaba solo él. También estaba mi hermano el chico. Y mientras caminaba, mirando a lo lejos, me llamó la atención una lapida en la que ponía " esperanos en el cielo ". Precisamente lo que he leido hoy me hacía plantearme que pienso yo de la vida más allá de la vida. Recordé que mi abuelo creía que no había nada, un pensamiento muy curioso en un hombre de su edad, y mi imagen de Jose, liberado de su silla, esperandome. ¿ Como asociar su imagen en vida con la imagen que tengo de él ?
Y de repente, sentí mucha pena. Los echo de menos. Me planté delante de la lapida y, sin entender porqué, empecé a llorar. No era un llanto triste ni desgarrado. En cierto sentido era hermoso. Era el llanto de celebrar haberlos conocido, haberlos querido tanto... y echarlos tanto de menos. A veces lamentamos el sufrimiento, sin darnos cuenta de que es el precio que pagamos por la alegria y que no podría haber uno sin el otro. Dentro de poco hará diez años que mi abuelo se fue. De mi hermano, apenas hace uno y pico. Pero siempre están conmigo. Ojalá pudieran celebrar esto... pero sé que, estén donde estén o no estén, el orgullo que sienten por mi es tan autentico como el que he sentido yo siempre por ellos. Así que gracías. Muchisimas gracías por haberme hecho el tío que soy, por haberme apoyado siempre y por ser. Simplemente por eso. Gracías, muchas gracías.

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