Hoy iba conduciendo para Rota, haciendo el improbo esfuerzo de no quedarme dormido tras mi primera comida en 24 horas ( y que comida, burry king a muerte ), cuando vi una silueta que me sorprendió. Subiendo una cuesta, en la carretera que se incorpora a Rota sur, venía un golden retriever, canela claro, andando. Un poco cargado de hombro, cojeaba un poco de un lado. Mi primer impulso fue el de pararme y ver de donde iba, pero no me di cuenta a tiempo, no tenía arcen y el perro andaba bastante decidido por el camino.
Luego me vino el sentimiento de culpa. ¿ Y si estaba abandonado ? Intenté justificarlo, como hacemos siempre. Había un poligono industrial cerca, puede que esté ahí con el dueño y haya salido a pasear. En todo caso, ¿ qué puedo hacer yo ? No tengo casa propia, no tengo tiempo, no tengo...
Excusas. Estaba poniendo excusas y lo reconocí. En ese perro, palido y leal, cojeando entre la carretera, me reconocí a mi mismo. Perdido por un camino, pero siempre adelante. Demasiado tozudo u orgulloso para plantearme alternativas, optimista sin motivo. Como cantaran los Suaves, pobre perdedor. Ya encontraría una solución. Me prometí a mi mismo volver por el mismo camino y buscarlo y, si el perro estaba, me lo montaría en mi coche. Me daba igual mi alergia y me daba igual no tener donde ni como, ya encontraría una solución. Haciendome esa promesa a mi mismo, me sentí mejor.
El perro no estaba por el camino. No sé si escribo este artículo inspirado por la mala conciencia o por el sincero homenaje a esa cabeza peluda, canela clara, que me encontré en el camino de Rota. Muchas veces sucede en la vida, que infinitos caminos se cruzan en un momento y quedan en nada. Quizás ese perro hubiera sido mi mejor amigo, quizás no, quizás me habría salvado de morir o me habría matado... la vida está hecha de posibilidades, que tienen lugar o no. Supongo que quiero un final feliz para esta historia. Pero realmente no sé si lo hay y, realmente, no creo que deba haberlo. La vida no es buena ni mala. Es vida, es un camino en el que aprendemos cosas, ganamos unas, perdemos otras, y por el camino vamos cambiando y creciendo, hasta que nos hacemos demasiado pesados para movernos y nos convertimos en piedras. Aún así, todo eso es demasiado trascendente para esta noche. Esta noche, voy a dedicarle este artículo al perro que cojea. Porque espero, de todo corazón, que haya alguien que te abrace y te acaricie esa peluda cabezota, compañero. A quién no le importe que estes un poco cojo, ni nada de ti.
No hay comentarios:
Publicar un comentario